THE CUBAN CENTER - EL CENTRO CUBANO

GRILLED SHRIMP PASTA (Entre el insilio y el exilio) - Un cuento corto.
Por José Prats Sariol, 07/04/99

Las antiguas injusticias se iban reparando, las nuevas injusticias comenzaban a perpetrarse.
Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido.

La entrada al Hops Restaurant-Bar-Brewery deslumbra su letrero de Welcome como la misma catarata de autos que se desplaza por la avenida de Pembroke Pine. Las luces apenas confunden a la masa de adiestrados durante la noche de viernes, en la cola para recoger las tarjetas electrónicas que le avisarán la llegada de su turno. La portera regala una sonrisa impresa, de logotipo entre sus pómulos de pecas como confetis. Enseguida se la da al trío cuando lo ve aproximarse a la puerta, antes de repetirle el disco:
We are here to please you. We want to attend to your every need, make your pace our pace, your style our style, and any special request an opportunity to please you.
David mira a su suegro con la incertidumbre de si el precario inglés del viajero cubano era apto para metabolizar el mensaje. Pero enseguida tiene la impresión de que ha comprendido la idea de la anfitriona, aunque algunas palabras se le quedaran colgadas del oído. Marta sonríe, sabe que su padre aparenta un inglés de Oxford, más exacto que el Webster's Dictionary. La pareja ignora, sin embargo, que Fernando está en otro sitio, en otra entrada, en cómo arribar al tema que sabe inevitable, que rechinará en la sobremesa como un paquete de municiones que se desparrama sobre los platos y las sobras, los cubiertos y los vasos. La pareja no sabe que él está a puente entre el insilio y el exilio, que ha tomado una decisión...
—¿Pasamos al bar? —pregunta Fernando.
—Deja que David vaya a ver si hay sitio. ¿Puedes ir al bar, bobito, please?
—Los yernos pueden ser útiles, encantadores, maravillosos... Está aprobando todos los exámenes. Te lo juro.
—¿En serio, papi? Si no te conociera...
Fernando sonríe por primera vez desde que se bajaron del Explorer de la Ford que la pareja ha empezado a comprar días antes de que él arribara de La Habana. Sabe que su hija está pendiente de sus reacciones, que sigue hasta los gestos más involuntarios como si fueran señales de aprobado o suspenso. Comprende que la imagen de prosperidad no se la puede romper, que no tiene una gota de derecho a desgarrar el cuadro. La mira como cuando tenía tres o cuatro años, después del divorcio, cuando la cargaba dormida sobre su pecho para llevarla de regreso al Sevillano, en una ruta 13 donde no siempre le cedían el asiento. La toma por el antebrazo antes de responderle:
—Parece que la educación de emigrante influye a favor de David. La madre irlandesa, el padre hijo de alemanes... Recuerda que en Irlanda predomina el catolicismo, como en Cuba.
—Pero sin Ochún y Yemayá.
—Deben tener otros dioses, no te confíes. O a lo mejor son fuertes en espiritismo. ¿Quién sabe cuál será la mezcla de ellos? Para no hablar de los alemanes y Odín. ¿Tú sabías que las culturas occidentales excedieron en irracionalidad a las culturas simbólicas de Africa? ¡No creas nunca todo lo que los libros europeos dicen, y mucho menos cuando hablan de nosotros! —Por allá vuelve David.
—Tal vez consiguió banquetas en el bar.
—¿Le has hablado mucho de Cuba?
—Claro, pero lo importante es que su español sea fluido, que aprenda más palabras.
—Y que tú perfecciones el inglés, sobre todo la pronunciación. —El acento latino nunca se me va a quitar, además de que soy trigueña, además de que no me da la gana.
—Haces bien, supongo. Tus hijos no tendrán el enredo: perfecto inglés.
—También por eso quiero que te quedes. ¿Quién mejor que tú para que aprendan español? Serán bilingües.
—No, chapurrearán el español, lo usarán algunas veces en la casa, en Nochebuena o Año Nuevo. Lo tendrán como una reliquia familiar, salvo cuando crezcan y tal vez lo necesiten en su trabajo, somos la segunda lengua del planeta.
—¿Y es tan importante?
—Creo que sí... Ya llega David.
—Por favor. Asientos. Ir.
—Okey, adelante.

La abigarrada decoración, entre taberna del Oeste y pullman neoyorquino, es una exacta síntesis del confort yanqui. El diseño, muy racionalista, distribuye los espacios con perfecto sentido de la distribución. Es simultáneamente ceñido y holgado, familiar y protocolar. Nadie interfiere, ni en los pasillos que van hacia la cocina. Allí, tras los cristales, el corazón del Hops parece una máquina de Chaplin donde cocineros, pinches y camareros funcionan como robots. Todo tiene la misma calidad estándar de la cerveza que elaboran o parecen elaborar al fondo, detrás de una vidriera que deja ver los bidones de bronce y el juego de serpentines.
Sólo hallan dos banquetas, Marta ocupa la de la esquina y David insiste en que Fernando ocupe la otra. El barman, de nariz ganchuda, les pregunta enseguida qué van a tomar. David sugiere probar la cerveza Lightning Bold Gold o la más fuerte: Hammerhead Red. Se deciden por la última, de color ambarino. Ordenan también una ración de Ultimate Nacho para picar. Pronto llega el pedido:
—¡Salud!
—Por la llegada de mi papá.
—Porque ustedes sean felices.
—Fernando, ¿gustar?
—Deliciosa, debe de ser la tradición de los emigrantes alemanes. En Cuba también se fabricaba una cerveza así, oscura, pero me parece que tenía más alcohol, era más densa. ¡Peligrosa! No sé si ahora la hayan vuelto a sacar...
—Será en dólares, ¿no?
Fernando en lugar de contestarle a Marta prefiere mirar para el techo, encogerse de hombros. Responder es complicarse entre argumentos que derivarían la conversación hacia la política, hacia la confrontación, hacia los virus que apagarían la velada. Prueba la tortilla mexicana, sumergida en la salsa de chiles picosos, bebe otro trago largo de cerveza, y dice: —La fabrican muy bien, con el amargor exacto. Tuviste una idea fenomenal, David, el lugar es acogedor y el servicio de una rapidez increíble para una cubano de Cuba.
—¿Haber cubanos no Cuba?
—Los dos millones que viven fuera, tal vez muchos de sus hijos, algunos nietos que se sientan de allá, que aprendan el idioma, las costumbres... —¿Todos somos cubanos, no papi?
—Por supuesto, lo que para nada significa que estemos de acuerdo, porque entre otras razones sería muy aburrido.
—Sí, pero allá hay gentes que no consideran cubanos a los que abandonamos el país.
—Malos cubanos lo mismo los hay dentro de la Isla que fuera, no creo que el sitio determine la honradez de una persona. Extremistas también hay aquí, y en Miami ni se diga. Tal vez debamos acostumbrarnos todos, pero de verdad, a convivir con personas que no piensan igual que uno, insiliados o exiliados.
—Yo estar acuerdo con tu papá. United States of America ser país exilio. Todas partes venir —responde David, con lo que da a entender, entre las sonrisas de su esposa y su suegro, la comprensión de sólo una parte de lo que acaba de oír.
—¿Y por qué mejor no hablamos de ustedes, de sus proyectos?
—¡Ay, papi, ahorita no vamos a poder conversar de nada! Bueno... Pensamos acercarnos al laboratorio. Rentar o alquilar el apartamento del condominio y dar el down para una casa en Boca Ratón.
—Ahorrar una hora diaria, you now? Tiempo ser money.
—Y salud y menos riesgo en las autopistas y posibilidad de emplear esa hora en nadar, no sé, leer... ¿Han hecho alguna gestión?
—Hablamos con un corredor, quedó en avisarnos la semana que viene. Y fuimos por un nuevo reparto en Boca Ratón que nos encantó, aunque el precio de la entrada es muy alto.
—Dar escoger más treinta modelos vivienda.
—Como en Cuba, ¿verdad, papi?
—Deja que se descubra petróleo de verdad, oro, diamantes... Aunque el turismo va muy bien, las nuevas empresas mixtas...
—Y las remesas familiares ayudan mucho.
—Vivienda familiar, nuevo. ¡Mucho contento!
El timbre de la tarjeta electrónica del turno avisa que ya les toca, interrumpe el nuevo engorro que acaba de surgir con los problemas de la vivienda en Cuba. David se excusa para ir a que digan cuál mesa les corresponde. Al minuto regresa, comen algo del Ultimate Nacho, toman lo que resta de las cervezas y van hacia el lateral izquierdo. El artefacto Hops marcha con la precisión de un reloj suizo. Hasta el murmullo de las conversaciones, el fondo rock, y los pedidos, parecen parte del performance.
David, solícito, en cuanto se acomodan reparte la carta de ofertas. El trío, además, se entretiene lanzando la vista hacia las mesas donde ya disfrutan los platos, trata de identificarlos contra los nombres, imaginarse el sabor por el aspecto, jugar a una sabrosa elección. Fernando sabe que el tema —las municiones— no deben agriar el placer de la cena, el orgullo que su hija siente al invitarlo ella, al pagar ella y su esposo la comida de papá...
La camarera es dominicana, debe llevar unos cuantos años en la emigración porque su inglés, al menos el de atender la clientela, no es el común espanglish de Miami, de la sagüecera cubana entreverada con centroamericanos y caribeños. Sonríe, pero el trío se da cuenta enseguida que así se lo enseñaron, se lo exigen de campana a campana, hasta el último consumidor de la noche. Marta se decide por un Chicken Caesar Salad y David por un Jamaican Top Sirloin. Fernando lee las características del Grilled Shrim Pasta: Large gulf shrimp, seasoned and grilled, then tosted with fresh linguine in a white wine garlic cream sauce. Topped with fresh grated Parmesan cheese. Served with toasted garlic bread. Y sin pensarlo más pide uno. Los tres ordenan la misma cerveza Lightning Bold Gold, más ligera, ideal para la comida, y de aperitivo un Hops Stickers.
En la mesa contigua una pareja de medios tiempos discute a todo volumen —en melódico castellano guantanamero— el exceso de gastos que las tarjetas de crédito le han recordado con la calidad de un seco gaznatón, con la fuerza de la base norteamericana en la bahía de su pueblo natal, con el peligro de un terremoto. Más allá, en la de al doblar, un grupo de jóvenes nativos ríe y pide otra ronda de Hammerhead Red. Ahora es música country la que se expande por la atmósfera del restaurante, la que relaja las tensiones del hambre cuando la dominicana ya viene de regreso con las jarras espumeantes y la ración de los seis rollitos asiáticos:
Hops Stickers ser chupar dedo.
—¿Cuál será la cocina yanqui?
Hamburger y Hot-Dog, ¿no? Y los frijoles colorados con salsa medio dulzona... ¿El Hot-Cake con sirope de Maple? ¿Bacon, sandwich, grilled chicken, ham and egg?
—Yes, señor. Comer nuestro. Sabriosa, sabriosa.
—En realidad no tienen nada propio. Dicen que en el planeta sólo hay tres cocinas: la china, la mexicana y la francesa... Las demás son variaciones, y la de aquí más que ninguna, aunque tiene una rara capacidad para tergiversar las recetas con Catchup y mostaza, queso sintético derretido y guarnición de papas fritas hasta para unas papas rellenas.
—¡Ay, papi, eres tremendo!
—Por favor, no me malinterpretes, hay platos deliciosos. La combinación de Coca Cola con hamburger es muy rica.
—¡Rica! Lunch preferida. I like trabajo todos días Mc Donald's. But Marta llevar lunch yogourt, ensalada. No engordar.
—El bobo este no respeta mi dieta. Ya le he dicho que los Mc Donald's son para un fin de semana, un domingo... Imagínate, me pondría como una vaca lechera. Grasa por donde quiera, manteca y manteca. ¡No, mi amorcito, de eso nada! A nadie le conviene, sube el colesterol, acumula tejido adiposo. Después es más difícil bajar. Aquí se pasan la vida inventando planes dietéticos, pero es porque no se aguantan la boca. ¿Te has fijado en la cantidad de gordos que hay?
—Pero la mayoría son los de origen latino y los negros, parecen que han pasado más hambre.
—Hambre. Llegar comida pronto. Okey?
—Papi, aquí nadie pasa hambre, eso es por allá abajo.
—Sí, pero tienen menos cultura y menos dinero para frutas y vegetales. También hay un hambre psicológica, que no se borra fácil, que se puede arrastrar como los gallegos que llegaban a Cuba, felices de atiborrarse de una garbanzada en pleno agosto, abarrotada de chorizos, morcillas, lacón... —¿Y ahora?
—Ahora llega el pedido, ¡mira a la dominicana cómo se acerca con la bandeja!
—¡Dios mío! Sabriosa.
—Sabroso, David, s-a-b-r-o-s-o. Papi, no te dé pena corregirlo, así mejora.
—Es que... Bueno, no estamos en un aula, la conversación se volvería muy pesada.
La camarera coloca los platos sin que la sonrisa desaparezca un segundo de su boca, pregunta si todo está bien y se retira con la misma agilidad con que arribó. Marta mira y huele su Chicken Caesar Salad, David su Jamaican Top Sirloin. Fernando su Grilled Shrimp Pasta. El trío intercambia una mirada cómplice, revisa el instrumental quirúrgico y se enfrasca, con una decisión de huestes mongolas, en la apetitosa batalla contra sus alimentos..
Comienzan los elogios del pollo, del bistec y de los espaguetis con camarones. Fernando exalta la textura de la salsa blanca, pero cuando se pregunta por qué en la Cuba de ahora son incapaces de lograr algo siquiera parecido, sus dudas se van al tema que lo viene obsesionando desde que planificó el viaje: "¿Por qué la compleja realidad cubana de fin de milenio recibe día tras día latigazos inmovilistas de diversas procedencias? ¿Por qué la batalla entre los revolucionarios y los restauradores, a despecho de la crisis espiritual y material del país, llegará al año 2000?" Saborea e identifica el queso Parmesano y el vino blanco de la salsa fabulosa, y reflexiona: "Claro, la polarización favorece los carriles: la filosofía política conservadora, antivitalista, que forma dos surcos contrapuestos e interdependientes, tan anacrónicos el uno como el otro". Y se pregunta: "¿Cómo evitar que los revolucionarios y los restauradores alimenten las angustias y sufrimientos, encabezados por la existencia de insiliados y exiliados, la indefensión fatalista, la provisoriedad de la vida diaria, el choteo como placebo?"
Marta y David le sonríen con la satisfacción de ver cómo avanza por los espaguetis, y Fernando razona: "Cada carril rueda contra el tiempo sobre creencias, no sobre ideas. El diálogo es ajeno a las vías férreas. Tienen un pensamiento unidimensional, paralelo (para-lelos), de barras metálicas. Los dos carriles posponen el sueño de una sociedad civil, de una nación unida en la diversidad."
Puntualiza, mientras saborea lentamente uno de los camarones más grandes: "Bien sabemos los cubanos no sectarios, del insilio y del exilio, que entre la real utopía enajenante y la real nostalgia enajenante no hay distancia objetiva. Ambos carriles reaccionarios tienen un tren que los hermana: una locomotora que necesita la crisis, ir de estación fanática en estación fanática sin mirar el presente. En el fondo son muy parecidos: sienten y viven de compararse, de combatirse. El más sencillo análisis abre sus baúles vacíos de razones históricas que legitimen el presente."
Se da un largo trago de cerveza y razona la necesidad de detener cada carril en sus filosofías retardatarias. Se dice: "El carril revolucionario exige cuatro preguntas: ¿No es consustancial al término su carácter disidente, subversivo, antiestático? ¿Puede una revolución ser permanente? ¿Cómo ser revolucionario dentro de estructuras cerradas y piramidales, triunfalistas e impermeables a la crítica, fracasadas en el orden económico? ¿Se puede dirigir un país como si fuera una escuela primaria gallega del siglo XIX? El restaurador también exige preguntas que lo descarnen: ¿Son restauradores o retaumaturgos? ¿Cuál 'maravilla' etimológica existía antes de 1959 que ahora sea imprescindible desempolvar: una armonía económica y social, un estado de derecho, una verdadera independencia política? ¿Cómo pretender reparar lo que engendró la debacle?"
Mientras Marta le alcanza un pancito de ajo, Fernando prosigue: "Las creencias de uno y otro carril son espejismos, fantasmas, espectros llenos de virus afectivos, de resentimientos. Sus creyentes adoran una falacia tan siniestra como la del fin de la discriminación racial, sexual y política en Cuba. Las masas temerosas siempre de los cambios, confundidas por las dos élites voluntaristas, permiten la culminación de la racionalidad arbitraria que viene padeciendo el país desde los capitanes generales españoles hasta los interventores y embajadores norteamericanos, desde los dictadores de la república mutilada hasta el trágico juego de hoy. El fracaso de la potencial unión entre la moral emancipatoria y la instrumental, sobre bases de un racionalismo sin los sistemas filosóficos cerrados de la Modernidad, se fundamenta en las flagrantes contradicciones que los dos neodeterminismos han erigido como dioses".
Fernando comprende que entre ambos carriles hay una unión mal hecha que remite a un contenido irreal, a una ceguera que apaga la vida al imponer esquemas obsoletos, metas hacia dos cadáveres: el comunismo y el capitalismo. Reflexiona: " Martianismo sin José Martí, marxismo sin Carlos Marx, ideologías sin seres humanos, los dos enemigos no rebasan el pensamiento desiderativo, la intencionalidad subjetiva de Madame Bovary. De uno y otro lado hay una teleología llena de aforismos ahistóricos, sentencias inefables, telenovelas sentimentaloides y consignas para mítines populistas".
Y añade: "A veces hasta los menos apasionados, por un curioso mecanismo psicológico de autojustificación que les pasa inadvertido, tienden a distorsionar hechos históricos o fenómenos tan evidentes como la transnacionalización de las inversiones, la globalización electrónica, el auge del eclecticismo crítico en el pensamiento actual...El error es plausible: la meta los hipoteca, los vuelve estúpidos. Están estupefactos, y así no puede pensarse. La descontextualización acrítica impide la coherencia, un mínimo de lógica dialéctica o formal".
Se da cuenta, bocado tras bocado, que entre más Grilled Shrimp Pasta come, más profesoral se vuelve su análisis. Pero no puede evitar otra parrafada de esa especie: "Dos abstracciones, sin embargo, vician mi opinión. La más importante es de orden ético. Mi generalización supone una honradez que está muy lejos de existir, sobre todo en algunos de los grupúsculos que manejan las locomotoras. La inmoralidad no es, óbviamente, un sofisma. Las máscaras, sea por cobardía o por oportunismo, se suceden como en la tragedia griega. La soberbia de creerse dueño de la verdad, y la consecuente represión de brujos y brujas, es tan desvergonzada como robar la hacienda pública o entregar el país a negociantes inescrupulosos. La segunda abstracción es una insolencia: no puede compararse un carril que detenta el Poder con otro que lo ha perdido... La amenaza de un baño de sangre, el peligro neocolonial o la ferocidad de estar recibiendo ahora mismo, combinadas, las 'bondades' del comunismo a la soviética con las del capitalismo periférico, no son entelequias. Tampoco lo son la vicisitudes diarias en la abrumadora mayoría de los hogares y el consecuente espejismo emigratorio, la trágica división de las familias, la sobresaturación de discursos envejecidos, el rompimiento de la relación entre estímulo y trabajo, la sensación de no tener acceso a las decisiones verdaderamente importantes para el país..."
Y se dice: "Un tercer carril es previsible cuando desaparezcan, quiera Dios que pacíficamente, los fanáticos de hoy. Será una tecnocracia enceguecida ante la electrónica y la globalización, ante un nuevo sentido del progreso indiscriminado que esconderá la trivialización de la cultura y de la educación, la depredación ecológica, el funcionalismo descerebrado. Va a tener una cabeza menos visible, por ello será más peligrosa. Pero su objetivo es parecido: convertir al hombre en masa, vaciar la vida de opciones, crear necesidades falsas, impedir el pensamiento crítico que se oponga a la resignación computarizada. Ello también impele a liquidar los carriles viejos, arterioscleróticos. Mientras más nos demoremos, más indefensos estaremos ante el tercer carril".
Fernando verifica que debajo de los tres está la dramática Cuba de hoy. Se esperanza entonces con la idea de que ni el primer carril tiene vocación tanática, ni el segundo coraje, ni el tercero maduración. Deduce que la ratonera no es perfecta porque muchos de los revolucionarios y restauradores, comienzan a titubear, sobre todo los jóvenes; y por razones evangélicas los cristianos que sueñan con la idea de que 'El amor todo lo puede'; y por razones de discriminación los negros, las mujeres, los gays... Se dice: "Es un excelente signo de inteligencia contra sus propias cúspides, contra sus prejuicios y quimeras. La realidad radical, la vida cotidiana e individual, también a ellos les pega duro. Los carceleros, como siempre, también están presos. La abrumadora mayoría de los cubanos ansía el fin de los dos carriles, desde la urgencia de no convertirnos en estatuas de sal por mirar hacia atrás, por no saber perdonar o arrepentirnos, abrazar al prójimo..."
Las preguntas también se enredan en el tenedor que trata de apresar los espaguetis: "¿Seremos capaces de sacudirnos los carriles? ¿Podremos mitigar la crisis, pensar sin líneas férreas, sin Masa y Poder? ¿Qué nos impide un análisis más poroso, desenfadado, abierto? ¿Podremos conjurar el desaliento y el desentendimiento de los pinos nuevos? ¿No hemos tenido desde finales del siglo XVIII una élite insobornable y lúcida que ha sabido resistir a las élites arbitrarias, rasguñar la piedra, soñar con la feliz unión entre emancipación y bienestar? ¿El hombre vital, existencialmente consciente, no se merece cada uno de los riesgos? ¿No es cierto que ni la fruta esta madura ni el planeta es el mismo, ni todos los pasajeros creen en sus locomotoras ni los carriles llegan a paradero alguno? ¿No es obvio que Cuba y la Noche tienen que dejar de ser nuestras dos patrias, que debe favorecerse por todos los medios posibles el diálogo entre todos, sin que la polarización entre los carriles sectarios hipoteque las perspectivas?" David interrumpe de pronto las enredadas cavilaciones de su suegro. Se percibe cuánto esfuerzo ha pasado para hilvanar la frase:
—Estar parecer usted otra parte.
—El es así, se va de onda a cada rato... ¿Verdad, papi?
—Estoy disfrutando tanto esta salsa con los espaguetis, los camarones, que les parezco ido, pero nada de eso, aquí mismo... Ustedes dos dan la misma impresión con su pollo y su bistec. ¡Disfruten! ¡Sabroso!
—¡Sabroooso!
—Ahora sí lo dijiste bien. Okey.
Cada uno vuelve a sus labores comestibles y Fernando, casi sin quererlo, completa la idea que David le dejara trunca. Se dice: "Al tomarle el pulso a la realidad cotidiana de los cubanos que vivimos en el país y simultánemante tener una idea, aunque menos objetiva, de los que conforman la diáspora, surge un punto de vista donde la esperanza de integración dentro de una saludable heterogeneidad permite vislumbrar un análisis, desprejuiciado de verdad, como base tangible para que la repetida frase de Martí en Nuestra América, 'Con todos y para el bien de todos', deje de ser letra para mítines de demagogos."
Piensa que podrá escribir un artículo, se ve pronunciando una conferencia, pincha otro camarón y continúa diciéndose: "A favor de esa perspectiva puedo enunciar algunos de los juicios y prejuicios que me parece caracterizan a los de adentro respecto de los cubanos de afuera. Los más elementales, y por ello generalizados, son los derivados de concebir a los exiliados como un bloque monolítico donde todos son neoanexionistas, apátridas, emigrantes económicos... Menos simplistas son los que consideran que los de afuera ven con lástima a los insiliados, los subestiman o menosprecian, los ayudan a paliar las pobrezas de todo tipo para alimentar su autoestima. También los que se infieren de rencores y cuentas pendientes, de prepotencias y afanes hegemónicos..."
"El hecho de que la abrumadora mayoría de los exiliados se encuentre en los Estados Unidos de Nortemérica, sobre todo en la Florida, abre otra grieta muy peligrosa, de carácter geopolítico. Habría que exponer las centenarias trifulcas entre los dos países y recordar que uno es la mayor potencia mundial, con todo lo que de Goliat y David genera. Hay consenso en el rechazo al injerencismo, a leyes que alimentan los carriles sectarios, a políticos que aún piensan que el Caribe es el traspatio del Imperio. La paradoja que muchos insiliados observan es que nunca antes Cuba dependió tanto de aquí, nunca tuvimos el veinte por ciento de la población fuera, nunca tantas gentes sobreviven en la Isla de lo que les mandan los familiares y amigos, hasta el propio gobierno recibe los beneficios... El dilema, por supuesto, tiene demasiadas aristas y matices que son los que deben profundizarse para extirpar los temores, fundados e infundados, de que la nación está en peligro."
Fernando enchumba un pedacito del pan de ajo en la salsa que ha quedado en una esquina del plato y añade: "Otros juicios y prejuicios a considerar entre los que vivimos en la Isla atañen a los modelos neoliberales de desarrollo, a los proyectos de cambios drásticos que conducirían a peores desigualdades, a brutales injusticias. La mirada hacia América Latina ayuda a este ángulo, porque se ve enriquecida por la proliferación de corrupciones, capitales golondrinas, cabildeos politiqueros y burguesías inescrupulosas. Y para qué hablar de las consecuencias que podrían traer consigo los años transicionales, bajo un incontrolado proceso de reformas..."
"Las preocupaciones de los funcionarios de nivel superior y medio, oficiales de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, dirigentes de las organizaciones de masas, y en general los militantes del Partido Comunista y de la Unión de Jóvenes Comunistas, conforman otro grupo complicado, sólo diluible mediante una palabra que nunca en Cuba se ha pronunciado con fuerza: Democracia, es decir, respeto efectivo a cada uno de los derechos humanos, saludable necesidad de ponerse en duda, sumar y restar, dividir y sobre todo multiplicar."
Piensa que en el campo de las ciencias humanísticas y de la literatura y las artes las contradicciones tienen más de problemas individuales, de talento personal, como en cualquier otro país o época. "Lo que no excluye —se dice— la existencia de fenómenos transnacionales que perjudican la estabilidad y el desarrollo, las instituciones y fundaciones. Además de la censura y la autocensura, de la propiedad de los medios de comunicación, de papagayos y ratas."
"Por encima de los juicios y prejuicios de cada sector está la evidencia de que la mayoría de la población cubana de hoy apenas conoció o nació después de los carriles en litigio. Los conocen de oídas o leídas: nada más. Responden a otra escala de valores, tienen intereses distintos, aspiran a una sociedad diferente. Contra el saludable fenómeno de casi tres nuevas generaciones poco podrán hacer, por suerte, los carriles apasionados por construir o deconstruir la historia, los inmovilistas de los dos signos enajenantes. No hay objetos museables en política, mucho menos en economía. La desmemoria siempre ha sido de una eficacia contundente, sin necesidad de luchas generacionales y burlándose permanentemente de los programadores ideológicos."
"La mayoría de nuestra población nació después de 1959. Desde esa característica las neurosis que ellos heredan, en las que han sido maleducados, tienen tratamientos menos severos y con menos contraindicaciones. Son ellos los que no tienen por qué sufrir errores de sus padres y mucho menos de sus abuelos. Pedagógicamente es un reto garantizarles una formación que desarrolle capacidades y habilidades para la convivencia democrática, y entre más se espere será peor. El evidente apoliticismo entre adolescentes y jóvenes es un signo de sobresaturación, útil, pero con la amenaza del conformismo. Sus espejismos a favor de la emigración como paraíso y sus obsesiones por un consumismo vacío de espiritualidad nos atañe a todos, con independencia de donde estemos y de nuestras ideas. Tan sencillo. Tan alarmante" —añade a sus meditaciones anteriores.
Y concluye: "Favorecer el debate lleva consigo la exigencia de la probidad intelectual, de una eticidad que tiene en nuestros grandes pensadores su mejor modelo. Sueño para la Isla Entera evitar los 'no vale la pena', los 'mañana será otro día'; tanto como los desalientos que en el tópico de 'la culpa ajena' y en la autolástima archivan sus egoísmos. Insilio y exilio, la más cubana de las aberraciones actuales, merecen un rápido final sin carriles."
Sacude la cabeza como si tuviera ocupada ambas manos y una mosca le estuviese revoloteando alrededor de la nariz. Piensa que todo lo que ha razonado está bajo los efectos de los espaguetis con camarones, que si sus ideas fueran acompañadas de una croqueta de averigua de seguro que no serían iguales... Cuando levanta la vista hacia su hija la ve dándole a probar una masita de pollo a David. El proyecto de artículo o de ponencia que ha elucubrado torpemente mientras comía el Grilled Shrimp Pasta comienza a esfumarse. Marta se da cuenta de que la está mirando y le invita a probar un pedacito de su Chicken Caesar Salad. Fernando acepta achinando los ojos y acaba de borrar las dispersas reflexiones. Toma un trago de cerveza para poder apreciar el nuevo sabor sin mezclas con el queso Parmesano, y cuando abre la boca ya no queda ni un resto de carriles.
—¡Qué bien!
—¿De verdad que te gustó?
—Muy agradable, le dan deseos a uno de venir al Hops todos los días, para ir probando cada uno de los platos.
—Y ahora vamos a pedir unos postres para rellenar y cerrar arriba. Hay uno...
Desserts. I want The Brownie. Is a rich gooey chocolate brownie loaded with mixed nuts and lots of Hops tasty treats. Topped with real chocolate syrup and homemade whipped cream.
—Yo quiero lo mismo que David, pero también tienes la Apple Walnut Crunch, el Homemade Key Lime Pie o un Milk Shakes...
—El pastel de limón debe estar rico, pero bueno, no será la única vez que vengamos, ¿no? Así que pide tres Brownies. ¡Ahí viene la dominicana!
Three Brownies, please.
Y mientras la dominicana va en busca de los postres, Fernando, sin proponérselo, vuelve a la caricatura que acaba de dibujar entre insiliados y exiliados. Chasquea la lengua en señal de molestia porque comprende que su análisis está lleno de huecos y precipicios, de argumentos que aún desconoce... Pero le alegran dos certezas: que sean los jóvenes los únicos capaces de solucionar los dilemas y que las reflexiones le hayan acabado de convencer de la decisión que dentro de unos minutos, tras el Brownie, va a comunicarle a su hija.
—¿Otra vez lejos, papi?
—¡Qué va, esperando ese chocolate!
—Verás.
—Probaré.
—No probar, tragggar. ¿Nuts?
—Nueces.
—Venir camarero.
—Camarera, David, es una mujer, hembra, femenina.
—Gracias Marta, pronto mejor mi español tú inglés.
Una balada rock que interpreta Tina Turner acompaña la ceremonia de los postres. El trío saborea con entusiasmo, pega las lenguas al paladar para degustar con mayor precisión. Y ahora sí que Fernando se dispone a rechinar el tema sobre la mesa del Hops. Termina de comer, mira primero a David, después a su hija, y dice:
—Marta, perdóname, quizás no sea el sitio adecuado, pero es bueno que lo sepas desde ahora: Voy a regresar. No es sólo una cuestión de deber, también es de gusto, deseos... Odio la aberración que nos ha convertido en insiliados y exiliados, este absurdo sin pies ni cabeza, sin que nada pueda justificarlo. No sé si es lo más fácil o lo más difícil, no me interesa juzgar nada. Pero sé que mi sitio está allá, en tu casa. Lo siento, regreso a Cuba.

En La Habana, Julio y 1999.

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